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Quiero compartirles mis experiencias de mi primer año escolar porque quiero resaltar la importancia de las amistades que se generan en el colegio.
Mi aventura en esta maravillosa institución ha sido hermosa. Al principio era muy difícil acostumbrarme a la caminata de 15 minutos de la casa al colegio, pero poco a poco me fui adaptando.
Cuando llegamos, mi mamá me indicó que fuera con la profesora que sostenía el cartel que decía 1ro y la profesora me llevó al curso 101. Ese día conocí a Laura Duguara, la niña que se sentó al lado mío y mi parte extrovertida quiso salir. Hablé con Laura, yo le dije “Hola” y ella también me saludó. Empezamos a hablar de leyendas urbanas como “La Llorona” y gracias a esa conversación, conseguí a mi segunda amiga, Irene Batista. En mi segundo día nos separaron del curso 101. Cuando llamaron la lista de quienes se iban, yo me puse nerviosa porque llamaron a Irene y a Laura. Entonces pensé que me iba a quedar sola en ese salón, pero posteriormente la profesora me nombró.
En el almuerzo conocí a mi mejor amiga actualmente, Valeria García. Ella hacía parte de 101, pero tuvo que sentarse en la mesa donde estábamos los del curso 102, justo al frente mío, por eso empezamos a hablar mucho y con el tiempo nos volvimos muy amigas.
Gracias a todas estas experiencias me he dado cuenta de que tener buenas amistades en el colegio no solo es bonito, sino también muy importante para aprender mejor desde la parte académica. Cuando tengo amigas, me siento más feliz, tengo más ganas de venir a clase y me siento segura. A veces, cuando algo me cuesta o me siento triste, hablar con ellas me ayuda a sentirme mejor. También trabajamos juntas, nos explicamos cosas y eso hace que aprender sea más fácil y divertido.
Las grandes amistades que he construido en el colegio han sido muy importantes para mí, porque me han ayudado en malos tiempos y hemos sido felices compartiendo buenos momentos. También, cuando hemos tenido dificultades para asistir al colegio, nos hemos apoyado para ponernos al día con nuestras tareas y deberes. Gracias por haber leído mi historia y espero que cada uno de ustedes pueda construir amistades maravillosas en el colegio El Minuto de Dios. Les deseo lo mejor para su futuro y que Dios los bendiga.
Camila Martínez Aparicio
Curso 401

—Hola, Sori, ¿cómo estás?
—¡Muy bien, gracias!
—Cuéntanos, ¿cómo es Soraida? ¿Quién eres tú?
—Soraida es una mujer emprendedora, responsable y comprometida. Disfruto cada clase en el aula y me esfuerzo por brindar lo mejor de mí como docente. Además, soy una madre de familia feliz, agradecida con la vida y con muchas ganas de seguir aprendiendo.
—¿Qué estudios tienes?
—Soy magíster en Innovaciones Sociales en Educación, y tengo un pregrado en Licenciatura en Lenguas Modernas con énfasis en inglés y español.
—¿De dónde surge la necesidad de crear una nueva estrategia para todo lo que tiene que ver con prueba Saber 11?
—Cuando llegué al colegio hace unos 13 años, encontré que la malla curricular del área de inglés tenía muchas repeticiones de temas y referentes en todos los grados. Aunque parecía organizada, en la práctica no generaba avances reales en los estudiantes. Esto se reflejaba en los resultados de las Pruebas Saber, que eran inestables y mostraban una alta dispersión. Como jefe de área en ese momento, comencé a analizar esta situación y propuse una reestructuración de la malla. Fue un proceso complejo porque no siempre era posible reunir a los docentes de todos los niveles, así que al principio cada grupo hizo ajustes por separado. Aun así, logramos avanzar. Cuando implementamos los Martes de Prueba de Milton Ochoa, me di cuenta de que, al hacer retroalimentaciones claras, explicando por qué una respuesta era correcta o incorrecta, los estudiantes mejoraban significativamente. Comprendí que no bastaba con practicar: los estudiantes debían entender la lógica de la prueba. Finalmente, en 2019 se consolidó una nueva malla curricular más coherente, lo que permitió una mejora en los resultados tanto en los simulacros como en las Pruebas del estado. Hoy los estudiantes reconocen mejor la estructura de la prueba, comprenden el propósito de cada pregunta y eso se refleja en su desempeño.
—¿Cómo identificas y trabajas las debilidades individuales de los estudiantes?
—A pesar del gran número de estudiantes, es fundamental atender sus necesidades individuales. Agrupo por dificultades similares y aplico el trabajo colaborativo en tríos, asignando roles distintos con una calificación grupal, lo que fomenta la responsabilidad compartida y la retroalimentación entre pares. Uso dinámicas como el “Tingo-Tango” para mantener el compromiso y la participación. También incentivo la participación individual con puntos positivos, sin desmotivar a los más activos y motivando a los más callados. En cuanto a recursos, aunque no me identifico con la tecnología, la combino con estrategias manuales, como materiales hechos a mano y actividades en el piso. Siempre tengo un plan B sin tecnología, adaptándome a cualquier contexto y priorizando la creatividad y conexión con los estudiantes.
—¿Qué recomendaciones darías a otros docentes que también buscan fortalecer el desempeño de sus estudiantes en inglés para la prueba saber?
— Antes que cualquier estrategia, lo más importante es la pasión por enseñar. Sin eso, no se logra conectar con los estudiantes. En mi caso, uso el lenguaje corporal y la cercanía como sello personal para mantener su atención. También es clave preparar bien las clases: conocer el contenido, anticiparse a preguntas y tener planes alternativos. Además, trabajar con la metacognición, haciendo que los estudiantes reflexionen sobre sus respuestas y aprendizajes. Por último, animo a los docentes a innovar constantemente, a enseñar como les gustaría aprender y a crear clases que realmente motiven y conecten con sus estudiantes.
Jeffrey Mayo
Docente de English

¡Hola! Mi nombre es Lina Salomé Camargo González, tengo 10 años y curso el grado quinto. Quiero contarles sobre un día que nunca voy a olvidar, porque fue muy divertido y también me dejó una gran lección.
Todo comenzó cuando la profesora de Ciencias Naturales nos dejó una tarea en grupos de cuatro: debíamos sembrar una planta y hacer la planeación en el cuaderno. Para la siguiente clase teníamos que llevar los materiales. Mi grupo lo formamos Samuel, Gabriela, Simón y yo.
El día de sembrar la planta
Una semana después llegó el momento de sembrarla. Simón llevó la arena y las piedras, Samuel la tierra húmeda y seca, Gabriela la planta, y yo llevé el jarrón. La profesora nos explicó cómo debíamos armar todo, así que nos pusimos manos a la obra. Primero, yo sostuve el jarrón mientras Samuel colocaba la tierra. Luego, Simón añadió un poco de arena y puso las piedras a los lados. Por último, Gabriela hizo un huequito para meter la planta... pero no fue tan fácil como esperábamos.
Primero, se nos cayó la planta. Después, hicimos un hueco más grande, pero no entraba. Y por último, tuvimos que pedir un poco de tierra prestada para poder cerrar el hueco. ¡Después de media hora lo logramos! Estábamos cansados, pero felices.
Luego nos tocaba practicar la exposición, lo cual también fue un reto. A Simón le correspondió hablar de los materiales y la siembra, a Samuel cómo funciona una planta, Gabriela explicó los cuidados que necesita, y yo hablé de cómo las plantas ayudan a los seres humanos. Cuando llegó el momento de exponer, nos dio risa al principio, pero poco a poco cada uno fue hablando. ¡Y nos fue muy bien! Sacamos un 5.0.
El sorteo inesperado
Al final, la profesora nos tenía una sorpresa: ¡íbamos a rifar quién se llevaría la planta a casa! Gabriela y yo la queríamos mucho, pero Samuel y Simón no tanto. La profe dijo que dijéramos un número del 1 al 15. Nadie acertó en la primera ronda. Pero en la segunda… ¡yo dije el 8 y era el número ganador! Me puse tan feliz que casi explotaba de la emoción. Aunque también era una gran responsabilidad. La profe me dijo que debía llevarle un informe semanal durante un mes y una semana.
El cuidado de mi planta
Al principio todo era alegría, pero luego sentí la responsabilidad. Investigué en internet cómo cuidar una planta y seguí todos los pasos. La regaba todos los días… aunque a veces se me iba un poquito la mano con el agua. Cada semana la llevaba al colegio para que la profe viera su avance.
Después de un mes, mi planta estaba tan alta que parecía una torre (bueno… una torre chiquita). Incluso le había crecido una plantica más pequeñita al lado, y me pareció lo más tierno del mundo. En la penúltima entrega, la profe me dijo: “Muy bien, Lina. Has hecho un gran trabajo”. Me sentí tan orgullosa que, otra vez, casi explotaba de felicidad.
Reflexión
A veces las cosas requieren más esfuerzo del que imaginamos, pero cuando logras algo importante, la alegría es doble. Eso sí, toda alegría también trae responsabilidades. Por ejemplo, cuando uno crece y quiere independizarse, al principio parece emocionante, pero luego uno se pregunta: “¿Y ahora qué sigue?”. La clave es aprender a cuidar lo que uno logra, como yo lo hice con mi planta.
Lina Salomé Camargo González
Curso 502









